Otra forma de vida

[una psicoterapeuta alemán relata sobre su viaje a Cuba, fragmentos]

En Cuba, yo no sentía mi edad. En Alemania estoy a menudo cansada: se suman la falta de sueño, el sentar de 8 horas delante de la computadora, mis ambiciones tontas y planes profesionales de Napoleón, algo así como un delirio de grandeza, la tensión, el vértigo, la irritabilidad.

La noción europea de éxito te lo pone un corsé estricto.Te empuja en un molde, trunca sin piedad trozos de carne junto con el alma, si no se ajustan a este molde. Aquí la búsqueda del éxito es una trampa a menudo. No se puede tener problemas con peso excesivo, axilas sudosas, cabellos no brillantes, mal aliento o dientes en mal estado. No se puede tener más que 35-40 años – ¡cómo no le da vergüenza! ya que hay botox! No puedes estar en un estado de divorcio, tus niños estudian con éxito y sólo en un liceo, no toman drogas y no causan problemas. Tus padres pasan con dignidad el resto de su vida en algún asilo de ancianos caro, no te impiden realizarse con sus enfermedades y quejas, una vez al año puedes pasar por allí en Navidad, tomar un café con ellos y hablar del tiempo. Si no, su Alzheimer o marasmo senil te podrían estropear el humor.

Tus vacaciones te las pasas donde se lo debe conforme a tu status y no por allí a donde querías viajar ya hace tiempo. Dios no lo quiera que te mezcles en tu reposo con “el populacho”. No tienes bolsas bajo los ojos ni arrugas mímicas, no fumas, bebes sólo vinos ecológicos una vez por semana. Dos veces a la semana visitas debidamente una sala de fitness y juegas al golf o al tennis como hobby. Comes sólo productos orgánicos puros de las tiendas de “Eco”, verificándose constantemente con la tabla de calorías.

No debes tener problemas de salud, una depresión o un litigio dilatado. Todo esto podría dañar tu image y presumir algunos errores en tu pasado. Y los errores son inexcusables. Al igual que las emociones negativas. ¡Think positiv! Las emociones inconvenientes como dolor, tristeza, miedo, duda o conciencia enferma se desconectan por medio de los entrenamientos duros. Pasa un par de años de terapia con un terapeuta conductista – y te lo enseñarán a desplazar conscientemente esas tonterías.

Tu pasado es de pureza cristalina, allí no hay lugar para los hijos bastardos para los cuales debes pagar alimentos, ni para las relaciones rotas. Tienes que llevar la ropa y los zapatos de marcas caras, vivir en un chalet nuevo en las afueras de la ciudad, viajar en los coches de prestigio – son símbolos, un cierto código del que se lee tu ingreso anual y tu valor humano. Fíjense – no el valor de tus logros, sino el del hombre.

Aquí es costumbre sustituir los conceptos de manera que les convenga a ciertos círculos que deben de considerarse como “burgueses exitosos”, tal vez. O quizás esto es el signo de los tiempos. O una neurosis colectiva. Todo esto me lo han relatado desde hace años mis pacientes, aquella parte de ellos que son de la “crema” de la sociedad, de la dirección media y alta de [ciertas empresas grandes], de las juntas constituyentes, estos dueños de vida.

En Alemania, es útil olvidar quién eres. Hacerse una nerviosa, frustrada, envejecienda tía solitaria, una ermitaña que va adoptando los rasgos más detestables de lo alemán: el odio al prójimo, la misantropía, la alegría maliciosa, el chovinismo, la arrogancia mentecata, el perfeccionismo, la avaricia, el estrés, el mal gusto, la vulgaridad, las pretensiones continuas a la vida, la mezquindad. […]

No es necesario del todo cansarse tanto y caer enferma, tronzarse tanto en el trabajo, tratando de demostrar a todo el mundo que eres la más exitosa. ¿Por qué en general uno tiene que ser el mejor en su profesión? ¿Por qué avergonzarse por lo que no entiendes, no puedes o no sabes algo? ¿Qué hay de malo en un reconocimiento del hecho de que quieres amar? ¿De que quieres una relación sana, honesta y profunda? Recordar de cuánto has tenido suerte con ti misma. De cómo es bueno ser tu misma y no doblarse. Tener una actitud más blanda a ti misma y a la vida. Cuidar y mimar tu cuerpo y tu alma. No dañarlos. No pensar en el pasado ni en el futuro. La verdad es sólo lo que concorda conmigo. […]

Diana [la hija de la autora] se quitó las gafas, para demostrar lo que necesitamos, Ricardo [el guía] les explicó a las boticarias ayeandas que era una quemadura de sol, y yo me di cuenta de que las cosas andaban mal, de que ellas no vendían ungüentos. A la conversación se unió de inmediato el público habanero. Las gentes venían de la calle, los clientes de la farmacia acercaban a nosotros, miraban con horror a la cara de Diana, y al instante, muy rápidamente, gritando y interrumpiendo uno a otro, nos proponían sus versiones de tratamiento. Sin entender nada en este vocerío, estuve miranda a ellos. Nos aconsejaron que nos halláramos un áloe y que fuéramos a un dermatólogo. […]

Se aclaró también que no me llegaría a cobrar el dinero de mi tarjeta. En Cuba se aceptan sólo las tarjetas Visa, de lo que nadie me había dicho, por eso yo con mi MasterCard no tendría ninguna posibilidad ni en los cajeros automáticos ni en los bancos de La Habana. Dado que necesitábamos una ayuda médica urgente, y yo había gastado casi todo mi cash para dos excursiones al inicio del viaje, la situación fue catastrófica. Incluso no podíamos volar atrás a Europa. […] Al parecer, en aquel momento las piernas me flaquearon literalmente.

Entonces Ricardo nos hizo entrar en el autobús a todos de nosotros, les dijo a los chilenos y argentinos que el subsiguiente programa suspendía porque íbamos a buscar aloe. Y largo rato les explicaba algo señalando con el dedo a Diana. Ellos menearon las cabezas, compadeciendo, y consintieron al parecer. Traté de resistir, propuse dejarlos dar un paseo en el centro al menos, pero él hasta no reaccioné a eso. Después dijo: “Yo conozco a mi gente.”

Hay que decir que me había desacostumbrado totalmente de la bondad humana en la Alemania fría y razonadora. Allí simplemente lo pagas todo y basta. Mientras que todo el autobús recorría las calles polvorientas de La Habana, hacía calor infernal, no hubo ya ninguna excursión, nadie miraba a la ciudad por las ventanas, sino nuestros compañeros de viaje, sin prestar atención a mi silencio, todos juntos seguían aconsejándome algo en español. […]

Llegamos a una entrada desgastada, en algún barrio pobre y sucio. Ricardo, bastante velozmente para su edad, saltó del autobús en marcha y desapareció por unos minutos en este laberinto. Luego surgió de allí triunfante, agitando sobre su cabeza con una enorme hoja de áloe. Los turistas también saltaron del autobús y corrieron alegres a su encuentro, gesticulando y exultando. Rodearon a Ricardo por todos lados, dándole palmadas en el hombro y examinando la hoja de áloe como si fuera preciosa. Diana y yo estábamos sentadas en silencio por detrás, aún sin creer que “la salvación estuvo cerca”. Entonces todos juntos corrieron al autobús y empezaron a mostrarnos el áloe a cual mejor, relatando, al parecer, cómo usarlo.

Es fue Diana que tuvo que agradecerlos porque yo prorrumpí en llanto. Hacía mucho tiempo que alguien hiciera algo para mí desinteresadamente. Sin esperar nada en cambio. En Alemania todo se hace taz a taz, incluso entre amigos. Tal vez yo lo había adoptado como una parte del sistema, sin tratar de estimarlo emocionalmente. Desde luego se me ocurrió una idea impropia – al regresar al hotel le dar a Ricardo mis últimos pesos, no importa, ya que ellos me quedaron pocos. Pero sentí que no debía hacerlo. Lo que él trataba de hacer y en parte hizo para mí y Diana, no era posible pagarlo con dinero. Así que le sólo dije gracias.

Y creo que entendí por qué nuestros compañeros de viaje no quisieron bajar en el centro y caminar a sus solas por la ciudad, a pesar de que habían viajado a La Habana precisamente para eso. Esto simplemente les se hizo no importante. Sus fines iniciales se hicieron no tan importantes como ayudar a esta mujer tonta que no logró vigilar a su niña y que estaba echando miradas debajo de sus cejas fruncidas a lo que ocurría. Cuando llegamos a nuestra habitación aquel día, lloramos un poco más y hablamos de la magia. De que esta hoja de áloe debería de tener un gran poder curativo, si tanta gente nos habían deseado buena suerte y curación. Ya que milagros deben de hacerse sólo de tal manera – de la bondad. […]

Ricardo está relatando que con el socialismo ellos pasan no mal, y a dónde irse? Aunque hace cinco años la vida se hizo más difícil. Delitos graves no los hay prácticamente, ocurren casos esporádicos. Todos conocen uno a otro, están contentos de verse – esto es verdad, lo he visto en las calles a menudo. Los saludos inusualmente buenos. Ellos siempre tocan uno a otro, se besan, se abrazan, bailan. […]

Ricardo me relata sobre la diferencia entre los alemanes y los cubanos. Los alemanes son reservados, forzados, dice Ricardo, no reaccionan a bromas. Los cubanos toman la vida como es, desconocen el estrés como un concepto existencial, no se proponen en absoluto “salir de la pobreza”, pelearse a través de la vida. Ellos simplemente viven al día y no se rompen la cabeza en cuestiones complejas, saben vivir a placer. […]

Mi choque cultural se debe probablemente al hecho de que tal forma de vida aún puede existir en alguna parte, de que no todo el mundo se ha vuelto loco en la búsqueda del éxito. De que no todos se esfuerzan por cambiar el sistema o la situación. De que no es tan necesario siempre tenerse en mordazas, de que es posible no tener tanta prisa, darse tiempo, darse el estado beatífico cuando no tienes que correr a ninguna parte. […]

La gente que he conocido allí no tienen ambiciones especiales ni deseos insatisfechos (bueno, tal vez sacar algunos pesos de los turistas de vez en cuando), por lo tanto, no tienen ninguna presión interna, allí no hay ninguna carrera ni el miedo de no haber conseguido o no haber vivido algo. En todos ellos, a pesar de la pesadilla de condiciones de vida y del insoportable calor tropical, yo veía el contento, la benevolencia, la paz, la armonía, el acuerdo con sí mismos. Ellos están sanos. Una carrera del sicoterapeuta no se va a hacer allí. Nosotros, los sicoterapeutas, serían inútiles allí. Envidio a ellos. Es una envidia blanca, he tratado de aprenderlo. Quisiera creer que me lo he llevado algo de esto conmigo. […]

Muchas cosas allí son en exceso. Los arbustos son de color tan frambuesa que hieren los ojos. Los cubanos siempre voceandos (no más que su comunicación corriente). El pan siempre blanco y dulce. El helado demasiado sabroso. El café con leche consta casi enteramente de leche, por eso tuve que cambiarlo por el negro. […] Un jardinero desconocido nos ha puesto debajo de la puerta un ramo de flores de hibisco y unas flores blancas de alguna palmera. El olor vuelve loco. La misma intensidad de fenómenos en Cuba, la densidad de la existencia que nunca me he encontrado antes. […]

Carlos. Un español encaneciendo con dientes malos, nada de particular en apariencia, hablaba en ruso sin algún acento, pasando instantáneamente al español con el capitán y luego al inglés con el marino. Él difería de otros cubanos. Detrás de los chistes corrientes y lugares comunes hubo algo más. Empezamos a hablar. […]

La famosa autenticidad en su forma más pura: en su comportamiento, en el lenguaje, en el espíritu, en su capacidad de adaptarse no más que en cierta medida y no estar nervioso por naderías. Él sabrá trabar conversación con cualquiera. Al regresar estuvo sentado junto a aquel plomo taciturno con el que yo había volado allá. Ellos estuvieron hablando animadamente. A Carlos no es posible hacerlo ser alguien otro. Él no aceptaría ningun compromiso serio ni transigiría en mucho, esto es cierto. Es imposible imaginárselo a él en Alemania. De esto simplemente no resultaría nada. […]

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